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De Ciudad Norte en Bucaramanga los mejores escenarios en Barcelona y Madrid

La vida de Mónica Paola Ardila en San Pablo (sur de Bolívar) transcurría como la de cualquier niña campesina de siete años que cada tarde regresa dichosa de la escuela. Pero ese 21 de febrero de 2003 un episodio fatal le destrozaría su cuerpo y sus ilusiones.

Al sentir la necesidad de orinar, se desvió a un matorral, tropezó y activó una mina antipersona. La explosión la dejó ciega y le cercenó la mano derecha, así como tres falanges de la izquierda, provocándole cicatrices imborrables en su cara y pecho.

De ahí en adelante empezó una pesadilla que jamás concluirá, pasando por maltrato, violación, intentos de suicidio y abandono, más la condición misma de miles de personas que en el conflicto armado interno han sido blanco de estos enemigos ocultos cuya fabricación no vale más de tres dólares, y que han sido sembradas por guerrilleros, paramilitares y el propio Ejército regular.

Y si los ángeles de la guarda existen, el fotoperiodista español Gervasio Sánchez encabeza la lista, ya que al enterarse de este insuceso ha venido con frecuencia a Colombia y le ha hecho tal seguimiento al caso que en esta ocasión permaneció diez días en Bucaramanga visitando a Mónica Paola, que acaba de ser madre del niño Denil Dael, a quien se aferra en su casita del barrio Villa Rosa (adquirida con la indemnización del Estado).

‘Gerva’ es el autor del libro “Vidas Minadas, 25 años”, cuya impecable edición de 2,8 kilos presentó junto al actor danésestadounidense Viggo Mortensen (Aragorn en la película “El señor de los Anillos”) en Madrid, ciudad en la que las imágenes de Mónica Paola forman parte de la exposición de amputados por minas en Camboya, Afganistán, Irak, El Salvador, Nicaragua, Angola y Mozambique, que ha estado abierta en la Sala Picasso del Círculo de Bellas Artes, lo mismo que en el Palau Robert (Barcelona), La Lonja (Zaragoza) y el Museu Valencia d’Etnologia (Valencia).

Para Gervasio las víctimas no son meras cifras. Con el mayor profesionalismo y respeto, él muestra sus cuerpos mutilados, narra su dolor, relata su superación y nos sensibiliza frente al horror de las guerras, “que no terminan cuando se firma un pedazo de papel ni cuando Wikipedia lo dice”.

Gervasio ya retornó a España. Fue a su casa en Zaragoza, abrazó a su esposa Choco y su hijo Diego, con quienes se marchó a disfrutar del concierto de Bruce Springsteen, en una cortísima pausa que le permite su oficio de corresponsal de guerra y colaborador de medios como El Heraldo, de Aragón, y la cadena SER. El 4 de julio partirá a Croacia, y de allí vendrá a cubrir las elecciones presidenciales en Venezuela, para luego marcharse a Ucrania y después a quién sabe qué conflicto donde no lo han llamado.

Lugares todos en los que el retrato de Mónica Paola, junto a los de Sofía Elface Fumo, Justino Pérez, Joaquina Natchilombo, Adis Smajic, Mao Rattanak, Fanar Zekri, Sokheurm Man y Medy Ewaz Alí, entre tantos otros, permanecerán en su mente por cuanto ya está preparando la exposición “Vidas Minadas 50 años”, que tendrá lista para 2049 porque está convencido que contará el cuento hasta los 104 años, con la vitalidad propia de aquellas temporadas de mesero en las playas de Tarragona y estudiante de periodismo.

Un ejercicio impecable que inspira a que escritores como la renombrada Irene Vallejo Moreu, autora de “El infinito en un junco” y “El silbido del arquero”, manifieste: “Aunque la fotografía es un arte mudo, posee una asombrosa capacidad para dar voz. Las extraordinarias imágenes de Gervasio hablan el lenguaje proscrito de los supervivientes silenciados. Su mirada desvela rostros que, a lo largo de los años, vida tras vida, disparo a disparo, retrato a retrato, narran una historia secreta, plasman biografías rotas. Estas instantáneas expanden el tiempo para convertirse en relatos de esperanzas segadas. Resuenan, cuentan, contienen la reverberación de un dolor antiguo que sigue palpitando. En silencio, claman”.

O que el reportero estadounidense Jon Lee Anderson, maestro de la Fundación Gabo de Periodismo y quien ha publicado libros como “La caída de Bagdad”, diga: “Con su presencia inquieta y llena de empatía, Gervasio –una ‘peste’ con un corazón enorme– nos recuerda la importancia de la conciencia moral”, recordando que el obstinado e incómodo Sánchez ha tenido los pantalones para levantarse ante políticos españoles de diferentes pelambres para denunciar la hipocresía de su gobierno con las ventas internacionales de armamento.

Gervasio va y viene. Regresa a donde los fantasmas no permiten que otros colegas se asomen de nuevo. En su hombro cuelga un pesado morral con la cámara que no desampara. A la mano lleva el computador y el celular con los que monitorea día y noche el acontecer mundial y los partidos del que insiste en llamar ‘el mejor equipo del mundo’, porque eso cree del combinado de su país. El resto de su equipaje son un par de camisas y pantalones, unas pantuflas, así como un pequeño tarro de champú y otro de jabón del último hotel en el que estuvo, y una carpeta con dietas que no acata. El cupo lo completa con paquetes de jamón ibérico y fuet catalán para obsequiarle a sus anfitriones. Queso no, porque lo detesta y es alérgico.

Así es la existencia de este cordobés ganador de 30 premios entre los que se cuentan el Ortega y Gasset y el Rey de España, quien con “Vidas Minadas, 25 años”, lanza un grito desgarrador contra una terrible injusticia y un drama diario, el luchador sin máscara contra el cinismo y la hipocresía de gobernantes que se refugian en la falta de transparencia y la impunidad, “incapaces de tomar las decisiones trascendentales que sirvan para poner fin a tantas tragedias ocultas en el gran negocio de la guerra y la muerte”.

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