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Teatro inmersivo con vampiros en el festejo de Casa Cavia por sus 10 años

Festejos casa Cavia
Festejos en Casa Cavia. (Los créditos: Jesús Flores, Martín Piccinati y Susana Mitchell/)

Cuando el arquitecto y artista plástico noruego Alejandro Christophersen construyó la residencia ubicada en la calle Cavia 2985, frente a la Plaza Alemania, nunca imaginó que – 97 años después- se transformaría en el escenario de un fiestón con vampiros y todo, bailando por el patio en medio de frutillas con chocolate y cocteles. Pero así fue. Y se los voy a contar todo. ¡No desesperen! Pero antes, nobleza obliga, me gustaría “ponerlos en autos” acerca de la historia y los orígenes de esta icónica casona del barrio de Palermo Chico.

La residencia Bollini Roca

Cuentan los diarios de la época que Rafael Antonio Crespo Vivot, esposo de María Luisa Bollini Roca, le encargó a Christophersen, graduado de la École des Beaux-Arts de París, un regalo súper especial para ella: la casa de la calle Cavia, una de las pocas residencias familiares proyectadas por el arquitecto, que aún se conservan en la Ciudad de Buenos Aires. Allí vivió el matrimonio y el hijo de ambos, Rafael Antonio Jr. hasta que Crespo Vivot falleció a los 54 años. Así, María Luisa y su pequeño Rafael quedaron solos en la enorme residencia. Según datos genealógicos Rafael Junior muere antes que su madre, a los 65 años. Y dos años más tarde, a los 105 años, fallece María Luisa, llevándose con ella todos los secretos que guardaban ella y la casona. Tengan paciencia algunos les voy a contar. Solo algunos.

Tiempo después (2011) y posterior a las disputas de herederos e inversionistas interesados en demoler la casa, para levantar allí una torre de departamentos, el Gobierno de la Ciudad decide proteger la propiedad por su gran valor patrimonial. Finalmente, en 2014, los actuales propietarios, compran la residencia Bollini-Roca – como se llamaba originalmente- y convocan al estudio Kallos Turin, con sede en Londres y en San Francisco, para la puesta en valor y recuperación de su condición de edificación histórica.

Festejos casa Cavia
María Luisa Bollini Roca, 1938 (Los créditos: Jesús Flores, Martín Piccinati y Susana Mitchell/)

Así, y desde una mirada contemporánea, logran reinventar cada uno de sus rincones y crear un espacio de intercambio cultural que incluye: el restaurante-café, que obtuvo el puesto número 9 dentro de los 38 mejores restaurantes de Buenos Aires, según la revista gastronómica Eater, la editorial Ampersand, ganadora del Premio Konex 2024 por Labor Editorial, la florería y una cava que se abrirá al público próximamente.

Una fiesta con vampiros

Y ahora sí: a lo que vinimos. Dos días duró el festejo: jueves y viernes. La Celebración, (así se llamó la propuesta de teatro inmersiva, ambientada en la década del 20), convocó a clientes, artistas, exponentes de la cultura, reconocidos cocineros y amigos de la casa. El guion original lo escribió Santiago Swi.

Antes de ingresar, era obligatorio colocarse una pulserita con un color que identificaba la pertenencia y el recorrido. Una vez abiertas las puertas, los invitados (100 mil pesos por entrada) quedaron cautivos en el hall de recepción, al pie de la escalera que conduce al primer piso. Y entonces las luces se apagaron y al ritmo de un violín apareció una mujer, en terciopelo rojo y colmillos largos que invitó a vivir una experiencia única, en compañía de los misteriosos habitantes secretos de la casona: los vampiros.

Así, a medida que se desarrollaba la obra, los presentes – divididos en grupos al azar – fueron visitando cada sector de la casa, guiados por un vampiro mayordomo. La propuesta gastronómica, ideada por Julieta Caruso, Catalina Rodríguez Triana y el equipo de cocina y cócteles de Flavia Arroyo y Pablo Zitarrosa, se inspiró en 1927, año en que fue creada la vivienda. La trama (y seguro que aquí está uno de los tantos secretos que guardó celosamente doña Bollini) se basó en la historia – ¿real o ficticia?- de una familia de hematófagos de Transilvania, Rumania, ( ¿posiblemente amigos del Conde Drácula?) que se habían refugiado en la casa de la calle Cavia durante un siglo, luego de haber sido expulsados de su territorio por una disputa entre razas.

Festejos casa Cavia
Gastronomía y teatro. (Los créditos: Jesús Flores, Martín Piccinati y Susana Mitchell/)

Y fue en el encierro que esta familia de nosferatus (ponele), a los que le fue vedado beber sangre humana, tuvo que desarrollar técnicas alternativas para poder alimentarse. “Bienvenidos a Le Cuisine”, dijo la vampiresa anfitriona desde la escalera, farol en mano, encargada de recibir a los convidados. De esta manera, los comensales-espectadores, (cerca de 60 personas cada día) se sumergieron en la experiencia vivencial que consistió en tres propuestas. En la primera sala, una cata a ciegas. “Los humanos le dieron mucho poder a lo que se ve y perdieron conexión con lo sutil, los invito a que entren conmigo a viajar a través del olfato y el gusto”, dijo el vampiro de uñas negras puntiagudas y anteojos de sol, mientras bebía de un tirón uno de los 4 brebajes inciertos con olor a rancio. Lo peor fue cuando pretendió que todos lo imitaran. Confieso que no pude. Otros, sí. Y bue. Mil disculpas.

Luego, los contertulios fueron conducidos al banquete. Allí, el vampiro-anfitrión de la casa, Tomas Turín, desafió a todos a “descubrir en los alimentos la misma belleza que tienen las obras de arte”. El festín se dispuso entonces para comer con las manos y eso se hizo: desde una cabeza de cerdo, pavo y pavita, hasta ananá con jamón, frutas, ostras, huevos rellenos y coctel de langostinos. Todo con las manos. Parecía una escena de la película La grande bouffe, con Marcello Mastroiani. Por último, en otra habitación, el hermano más estudioso de los Turín -investigador y poeta- propuso “convertir lo ordinario en extraordinario”. En este sector los asistentes degustaron alimentos que habían pasado por diversas formas de fermentación: quesos, kombucha en un frasquito (una bebida a base de té, azúcar, levaduras y bacterias, hierbas y diferentes especias), y caldos de hongos.

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El vampiro anfitrión. (Los créditos: Jesús Flores, Martín Piccinati y Susana Mitchell/)

Lo más extravagante: antes de abandonar el recinto, el vampiro comió hojas de libros antiguos, sin decir ni mu. A mí también me gustan mucho los libros. ¿Pero comerlos? En fin. El cierre fue en el patio de la histórica casona , con un baile de época interpretado por el elenco de la obra- Benjamín Alfonso, Pablo Kusnetzoff, Ariel Gangemi, Jimena D’urbano y Julieta Cosentino, con vestuario de Gabriela Romero y ambientación de Marlene Gancberg, para luego culminar en una fiestón de dulces y cócteles.

Casa Cavia es un punto de encuentro que reúne diversas disciplinas y que activamente borra los límites entre ellas, para que cada una se nutra de la otra a la hora de crear. Es un espacio de inspiración constante en el que repasamos la historia de distintos pueblos, partiendo de sus expresiones culturales. De ahí que, a través del cine, la música o la literatura, exploremos el sabor de algún lugar del mundo y nos traslademos allí en tiempo y espacio con nuestra imaginación”. Así definió el espíritu de la casa, Guadalupe García, dueña y mente creativa del establecimiento, creadora de “La Celebración”. “Por estos 10 primeros años de labor, quisimos celebrar, y ofrecerles a todos una noche inolvidable, una experiencia única. Gracias a los que nos acompañaron estas dos noches.” Y sí. Fue única. Tan singular y misteriosa como la casona centenaria y sus secretos: esos que María Luisa Bollini se llevó – para siempre- a su nueva morada. Me pregunto qué hubiera dicho ella.

[Fotos Jesús Flores @eljesusflores y Martín Piccinati @mp1c]

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